Estás haciendo fila para subir a la montaña rusa en un parque de diversiones. Sientes como la adrenalina recorre todo tu cuerpo conforme te acercas. Escuchas los gritos de los que pasean por la montaña y disfrutan del recorrido. Tu corazón se acelera más y más. El sudor cae por tu frente, sientes que las rodillas te tiemblan, pero aún así no dejas de sonreír y bromear con tus amigos. Sigues avanzando y sólo quieres subirte al carrito para sentir esa maravillosa y nueva experiencia que posiblemente cambiará tu vida. Te preguntas ¿qué se sentirá? ¿tendré miedo? ¿podre abrir mis ojos cuando venga la gran caída? ¿podré soportarlo? Observas a los que recién abandonan los carritos y en sus rostros se ve que el recorrido es bastante emocionante, pues reflejan una gran sonrisa. Ahora sí, ha llegado tú turno de subir, sientes como los segundos parecen minutos. Te diriges a tu carrito asignado y empiezas a preguntarte si es lo suficientemente seguro para no salir volando o lo suficientemente grande para realmente caber en él. Te ajustas el cinturón de seguridad, asegurándote de que esté bien justo. Tomas unos cuantos suspiros, pues ya no hay paso atrás. De pronto el carrito se empieza a mover, pero no rápido como te imaginas que avanzaría, sino a una velocidad que apenas hace mover tus cabellos. Cuando crees que no esperabas más, el carrito se detiene al lado de personas observando, riendo y tomando decenas de fotos. Empiezas a deducir que en cualquier momento el carrito avanzará a una gran velocidad y .... aaaaah. El viento golpea fuerte en tu cara, te agarras con fuerza del cinturón, ninguna parte del asiento está descubierta por tu cuerpo, sientes como si te estuvieras amoldando a él. Pero eso no es lo que importa ya, empiezas a subir y bajar, girar y voltear a una velocidad asombrosa. La sensación del viento en tu cara y tu cuerpo pegado al asiento es una sensación grandiosa. Te mueves como nunca en tu vida lo habías hecho. Levantas los brazos y la sensación que ahora recorre tu cuerpo es otra distinta a la anterior. No sólo es adrenalina, ahora le sumas emoción y felicidad. A lo lejos percibes tu mayor temor, la gran caída se acerca. Decides no bajar los brazos porque confías en que podrás lograrlo. Está más y más y más cerca. Comienzas a subir para poder bajar. Lento, una subida lenta que provoca que tus brazos caigan de nuevo. No puedes dejar de sonreír, pero tu mente recuerda la sensación de las caídas. Que extraño se siente. No es dolor pero tampoco es satisfacción. Es una sensación que algunos la describen como fea, realmente hay que experimentarla para conocerla. El carrito ha llegado a la cima, de nuevo levantas los brazos e intentas conservar tus ojos abiertos. Ves como los carritos de enfrente comienzan a bajar. Entonces, olvidas todo y solo te pones a pensar en que no debes bajar los brazos ni cerrar los ojos. Pero la sensación inexplicable le gana a tu voluntad, y no te das cuenta que es lo pasa primero: si cerraste los ojos o bajaste los brazos. Pero al final, estas agarrado del cinturon y tus ojos bien apretados. Fue demasiado larga, piensas. Pero ya está hecho, la fuerza de gravedad y el miedo le ganó a tu fuerza de voluntad. Si quieres podrás intentar no cerrar los ojos ni bajar los brazos, pero tendrás que hacer fila de nuevo, porque el recorrido de 24 segundos ha terminado. El carrito se detiene y los cinturones se sueltan y te piden que bajes porque otra persona subirá a recorrer este emocionante paseo. Aunque satisfecho por el recorrido, sientes que las emociones que tenías antes de subir fueron demasiadas. Porque después de todo, no es nada más que una simple montaña rusa en un parque de diversiones.
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